Parte hartu

Enriquecido por Su pobreza

Egilea: Miguel Pedro Melo

Hace unos años, estaba en China, en un día lleno de sol. Mientras esperaba a unos amigos, en una plaza tan vasta como aquel país, contemplaba lo que me rodeaba: una mezquita amarilla, bellísima, y una multitud que se movía como hormigas en trayectorias precisas. Muchos, cubiertos con burcas, entraban y salían del bazar de Kashgar. En un rincón, un mendigo. Tenía rasgos turcos, una barba gris sobre el mentón puntiagudo, el rostro curtido y los pies amputados por historias invisibles. La mano extendida, pero caída… ¿cansancio o resignación?

Me acerqué pensando: ¿no será la verdadera evangelización predicar como Francisco de Asís, con obras y solo, si es necesario, con palabras? Saqué 20 yuanes —una suma considerable allí—. Al tenderle el billete, él, conmovido, tomó mi mano y la besó con lágrimas, con una intensidad inesperada. Mi corazón dio un vuelco. También besé su mano y, sin palabras, nos miramos un instante. Una vendedora cercana se rió. Me alejé, incómodo: «¿qué ha pasado aquí?».

Me había acercado como salvador. Pero en aquel gesto comprendí que el Señor me hablaba: «quien te sirve aquí soy Yo». La gratitud de aquel hombre era mayor que lo que yo creía dar. Sentí vergüenza por mi superioridad y una profunda gratitud. En aquel mendigo, Cristo me salía al encuentro y me transformaba. Descubría, en carne propia, lo que antes era solo idea: la universalidad del amor de Dios — Cristo real y presente en un pobre musulmán. Me callé, no necesitaba teorizar sobre si fuera la fe o la justicia que me movieron.

De regreso al hotel, en silencio, pensaba: Tal vez esta experiencia sea la mejor traducción para entender a san Pablo: “Cristo vino a enriquecernos con Su pobreza”. Al sorprenderme con la presencia de Cristo entre mí y aquel hombre musulmán, me di cuenta que en el corazón de Cristo (sus sentimientos) se encuentra la síntesis viva entre el servicio de la fe y la promoción de la justicia.

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