El 13 de mayo de 1611, el Colegio Romano de los jesuitas dedicó a Galileo Galilei una “Academia” y lo reconoció como uno de los grandes astrónomos de su tiempo. Ese hecho sirve para recordar que, desde muy pronto, los jesuitas se interesaron por la ciencia, por el mundo intelectual y por las nuevas culturas emergentes. Ignacio de Loyola intuyó ya que una parte importante de la aportación de la Compañía a la Iglesia debía pasar por lo que hoy llamamos apostolado intelectual.
Ese interés no se ha perdido. La Congregación General 34, celebrada en 1995, reafirmó esa tradición en el Decreto 16, dedicado a la dimensión intelectual del apostolado de la Compañía de Jesús. En él se recuerda que, desde sus orígenes, la Compañía ha estimado mucho la labor intelectual, por considerarla una aportación significativa a la obra creadora de Dios y al reconocimiento de la legítima autonomía de la actividad humana. Por eso insiste en la importancia de la calidad intelectual de todos sus ministerios y en la presencia de los jesuitas en foros, asociaciones, congresos, publicaciones y espacios de diálogo y encuentro.
Sin embargo, esa dimensión intelectual no puede entenderse como algo encerrado en sí mismo. No se trata solo de acumular saber, sino también de desarrollar la capacidad personal para analizar y evaluar la realidad en un mundo cambiante. Esa preparación es necesaria para integrar la promoción de la justicia con la proclamación de la fe y para actuar con eficacia en favor de la paz, la defensa de la vida, el cuidado del ambiente y los derechos de las personas y de los pueblos.
Por eso, en el momento presente, el apostolado intelectual no puede reducirse a una producción estéril de ideas abstractas. Debe mantenerse en contacto vivo con la realidad social. Lo intelectual y lo social han de caminar juntos, de modo que este apostolado no quede aislado de la vida humana, de las culturas, de la increencia, de la injusticia y de la marginación.





