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Memoria y justicia: Vicente Cañas SJ vuelve a la tierra Enawenê Nawê

Hace unos meses, en abril de 2026, la familia del hermano Vicente Cañas SJ viajó a la Tierra Indígena Enawenê Nawê, en el estado federal brasileño de Mato Grosso, para participar en el entierro definitivo de sus restos mortales.

Un viaje que congregó a varios familiares llegados desde España, miembros del Consejo Indigenista Misionero, de la diócesis de Juína, un jesuita español de la provincia de Bolivia y el propio pueblo Enawenê Nawê. Todos participaron en una ceremonia compartida que devolvió a Vicente Cañas SJ, Kiwxí, a la tierra donde vivió sus últimos años.

La calota craneal del mártir había permanecido separada durante décadas por su valor como prueba judicial en el proceso por su asesinato. Una vez concluidos los recursos, los restos pudieron ser enterrados junto a algunas de sus pertenencias: el rosario, la maleta, las gafas, documentos y el cuchillo que usaba en su vida cotidiana. La familia quiso que aquel gesto incluyera a todos: a quienes compartían la sangre, la misión, la fe y la memoria indígena.

Vicente Cañas SJ nació en Alborea, Albacete, e ingresó joven en la Compañía de Jesús. En la década de 1970 llegó a Brasil, donde participó en los primeros contactos con varios pueblos indígenas del noroeste de Mato Grosso, entre ellos los Enawenê Nawê. Allí su vida tomó una forma definitiva: no fue para imponer, sino para convivir; no para sustituir una cultura, sino para aprender a habitarla desde dentro.

El propio pueblo le dio el nombre de Kiwxí, “el que se entrega por entero”. Ese nombre resume una vida marcada por la inculturación, la defensa de la tierra y la cercanía radical. Vicente Cañas SJ compartió la pesca, la comida, la lengua, los caminos y las amenazas de los pueblos indígenas. Defendió sus territorios frente a intereses que buscaban arrebatárselos. Por ello, fue asesinado en abril de 1987.

Para su familia, Vicente no es solo una figura histórica. Era el tío que volvía a España y llenaba la casa de historias. Rosa, una de sus sobrinas, lo recuerda en su infancia como alguien que respondía a todas sus preguntas. Hablaba de la violencia que sufrían los indígenas, pero lo hacía con una verdad delicada, sin ocultar la dureza ni sembrar miedo. “Era una persona que te daba paz”, explica.

Angelina conserva el recuerdo de un hombre bueno, amable, sencillo y profundamente humano. María recuerda que, siendo niños, iban detrás de él “como locos”, deseando escucharlo. También guarda la memoria de las cartas, esperadas y releídas en familia, y de los objetos que Vicente traía de Brasil: collares, tocados, arcos y flechas. Mercè, que no lo conoció en vida, descubrió su presencia a través de la familia y del viaje a Brasil. Allí entendió que su memoria seguía viva.

El asesinato fue vivido desde España con dolor y desconcierto. Rosa tenía 17 años cuando la familia supo la noticia por la prensa. Recuerda la angustia de aquellos días, las llamadas, el sufrimiento de su madre y su abuela… La distancia hizo más duro el duelo.

Aquel dolor quedó unido durante años a la espera de justicia. La calota craneal permaneció como prueba en el proceso judicial hasta que pudo ser liberada por los tribunales. Por eso, este entierro definitivo no fue solo un acto familiar. Fue una restitución. Un modo de devolver a Vicente a la tierra donde quiso estar y de cerrar el círculo sin olvidar su memoria.

Rafa Lería SJ, jesuita español de la provincia de Bolivia, acompañó a esta familia en el viaje. A la llamada en la que se recogieron estos testimonios se incorporó tarde, porque tuvo que socorrer a un hombre que se estaba ahogando en el río. “Aquí la vida y la muerte caminan muy cerca, casi paralelas, y a veces se dan la mano”, explica desde esa experiencia. Para él, la historia de Vicente tiene una lectura pascual.

“Vicente no está muerto, Vicente está vivo”, afirma. Para Leria, recordar no es mirar al pasado con nostalgia, sino volver a pasar por el corazón. Y allí, entre los Enawenê Nawê, la memoria de Kiwxí sigue pasando de generación en generación: como alguien que cuidó, defendió, pescó, comió y vivió como uno más.

En esa tierra, el martirio no se entiende como una derrota. “El mártir no muere, el mártir es plantado en la tierra”, explica Leria. La imagen ilumina lo sucedido: Vicente Cañas SJ cayó en tierra sagrada y su vida sigue dando fruto. No se celebró la violencia que lo mató, sino la vida entregada por amor, la Pascua de quien creyó profundamente en Jesús y en el Evangelio.

La historia de Kiwxí sigue interpelando hoy acerca de lo que significa unir y encarnar la fe y la justicia. Su vida no ofrece una respuesta cómoda. Habla de una fe que escucha antes de hablar, que acompaña antes de enseñar, que se deja evangelizar por los pobres y que reconoce en los pueblos indígenas no un problema, sino una presencia viva de dignidad, sabiduría y comunidad.

Los Enawenê Nawê superan hoy el millar de personas, en tiempos de Vicente no llegaban a 150. No obstante, hoy luchan contra otros desafíos: la relación con una sociedad que avanza deprisa, las redes sociales y la llegada de tecnologías, los intentos de estafa contra una comunidad marcada por la inocencia, la presión sobre sus territorios y el riesgo de perder su modo de vida. En medio de ese presente complejo, la memoria de Vicente Cañas SJ permanece como una llama.

Su entierro definitivo no cierra una historia: la devuelve a su lugar. Kiwxí queda en la tierra donde vivió, amó y entregó la vida. Y desde allí sigue recordando que la justicia nace de una fe encarnada, que la memoria verdadera compromete, y que la vida entregada por amor nunca desaparece del todo.

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