50 años del decreto que marcó
nuestro modo de servir
el servicio de la fe
y la promoción
de la justicia
En 1974-1975, la Compañía de Jesús celebró en Roma su Congregación General XXXII, un momento de discernimiento que orientó decisivamente su misión hacia el servicio de la fe y la promoción de la justicia.
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Una vocación acompañada por la Compañía
Servir a la fe implica necesariamente promover la justicia
No se trata de dos caminos paralelos, sino de un único movimiento espiritual y apostólico: la fe auténtica se hace visible en la transformación de las estructuras que generan pobreza y exclusión, y la búsqueda de justicia nace de una experiencia de Dios que impulsa a servir. Esta interrelación inseparable, fe que obra la justicia y justicia que da credibilidad a la fe, se convirtió en el corazón de la identidad jesuita contemporánea.
El entonces Superior General, Pedro Arrupe, supo leer los signos de los tiempos: los desafíos de la posguerra, las crecientes desigualdades y las llamadas del Concilio Vaticano II pedían una respuesta audaz. El Decreto 4º dio esa respuesta al situar la opción por los pobres en el centro del anuncio del Evangelio y al pedir que cada obra, comunidad y jesuita orientara su trabajo a este doble servicio de fe y justicia.
Una misión que se hizo vida
Del mismo modo, obras como Fe y Alegría, el Servicio Jesuita a Refugiados, los centros sociales y los proyectos de derechos humanos muestran que la fe que se anuncia se traduce en acción transformadora. La espiritualidad ignaciana, centrada en “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, encuentra en la promoción de la justicia su expresión más concreta y visible.
Enviados a colaborar en la reconciliación
Las Congregaciones Generales posteriores han confirmado y profundizado este camino. La 34ª (1995) y la 36ª (2016) reafirmaron que la misión de reconciliación —con Dios, con la humanidad y con la creación— es inseparable de la justicia. Las Preferencias Apostólicas Universales para el siglo XXI —mostrar el camino hacia Dios, caminar con los excluidos, acompañar a los jóvenes y cuidar la Casa Común— son herederas directas de la intuición del Decreto 4º: en todas ellas resuena la convicción de que la fe solo es creíble cuando promueve la justicia.
Medio siglo después, la misma llamada

estamos llamados a
Continuar la misión
Conmemorar el 50 aniversario de este Decreto es, por tanto, mirar hacia el futuro. Es invitar a jesuitas y laicos, a las obras educativas y sociales, a quienes buscan una fe que transforme, a seguir tejiendo la misión común: anunciar el Evangelio desde un compromiso real con las heridas del mundo. Ese mismo horizonte atraviesa hoy el Proyecto Apostólico de Provincia 2026-2030, que nos impulsa a ayudar a las personas al encuentro con Dios y, desde ahí, a caminar junto a quienes más sufren, promoviendo reconciliación, justicia y cuidado de la casa común. En este binomio inseparable entre fe y justicia la Compañía de Jesús reconoce su identidad y su misión; en él encuentra la fuente de su esperanza y la razón de su servicio a la Iglesia y al mundo.
