No recuerdo haber tomado una gran opción. Fue más bien algo pequeño, casi discreto y no creía, después de tantos años, que hubiera sido una experiencia fundante. Como seminarista, el formador me propuso realizar un voluntariado en el “centro de mujeres maltratadas” que gestionaban las Oblatas de Palma. Los primeros días me sentía fuera de lugar. No sabía qué decir, ni qué hacer. Pronto entendí que lo importante no era hablar, sino estar. Escuchar sin prisa. No llenar los silencios. Aprender a mirar sin juzgar. Poco a poco, los nombres dejaron de ser nombres y se convirtieron en historias, en vidas marcadas por el dolor, pero también por una fuerza silenciosa que me sorprendía. Allí empecé a entender algo que antes solo intuía: que la fe no siempre se explica, se vive. No está tanto en las palabras como en la presencia. En quedarse cuando no sabes qué hacer. En acompañar sin tener respuestas. Con el tiempo, esa experiencia me fue llevando más lejos. Sin darme cuenta, se abrió la puerta a la colaboración con esta congregación religiosa, cuyo carisma es el acompañamiento a mujeres en situación de prostitución. Y desde ahí, casi como un paso más en el camino, llegué a la cárcel de mujeres de Palma. La primera vez que entré me impresionó. Las puertas, los controles, el ambiente… todo parecía recordarte constantemente dónde estabas. Pero poco a poco, como en el centro, empezaron a aparecer los rostros. Y con ellos, las historias. Y con las historias, una humanidad que no encajaba en etiquetas fáciles. Allí entendí que la justicia, si no va acompañada de cercanía, se queda incompleta. Que detrás de cada error hay una persona. Que nadie se reduce a lo peor que ha hecho. Y que, incluso en los lugares más duros, hay espacio para la esperanza, aunque sea pequeña. Al contemplar esta experiencia desde hoy, diría que me ayudó a que mi fe fuera quizá menos segura, pero más verdadera; menos teórica, pero más encarnada, profundamente unida a la justicia y a la vida.

La fragilidad humana como camino de conversión
La experiencia de mi fragilidad, me ha llevado a entender y reconocer, comprender con humildad, dónde deben situarse y...




