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Cicatrices que transforman vidas

Per Gema Gallego Escudero

A los 18 años, el mundo se mide por los espejos. Yo estaba a punto de empezar Económicas en Badajoz, con esa inercia propia de quien cree que la vida es una línea recta hacia el éxito. Entonces, un volantazo y un estallido de cristales lo cambiaron todo. Sesenta y tres puntos de sutura en la cara no son solo una herida; para una chica de esa edad, fueron sesenta y tres razones para querer desaparecer.
Me encerré. Tiré la toalla porque sentía que mi identidad se había quedado en el asfalto. La vergüenza pesa más que cualquier cicatriz física, y mi fe, sencillamente, se evaporó.
Fue entonces cuando apareció la hermana Rosa, en mi pueblo Valdesalor. No vino con frases hechas, sino con una verdad incómoda que necesitaba oír: la belleza no se gestiona como un activo financiero, se vive desde dentro. Ella me empujó a un curso de informática con adultos. Fue mi primera lección de justicia: a aquellas personas no les importaba mi aspecto, sino mi capacidad. Allí, entre códigos y pantallas, descubrí una pasión que no sabía que tenía. Mi expediente fue el mejor, pero el verdadero logro fue recuperar el valor para mirar de frente.
Ese giro me enseñó que la fe no es esperar un milagro estético, sino confiar en que tenemos una misión que cumplir con los demás. Al terminar, el trabajo llegó de inmediato, pero mi motor ya era otro. Me volqué en crear asociaciones juveniles, en dinamizar barrios, en mover a la gente para que dejara de mirar lo banal y empezara a mirar al vecino.
Hoy entiendo que el binomio es indivisible: mi fe se fortaleció al entender que la justicia empieza por reconocer la dignidad propia y la de los que han sido “marcados” por la vida. Mis cicatrices ya no cuentan una tragedia, sino el inicio de una vocación dedicada a la acción social. La informática me dio la herramienta; la hermana Rosa, la visión; y el compromiso con los demás, la verdadera libertad.

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