La experiencia de mi fragilidad, me ha llevado a entender y reconocer, comprender con humildad, dónde deben situarse y estar presentes en mi vida, los propios límites.
Somos “barro” frágil y quebradizo, que necesita moldearse, adaptarse así, a los cambios y realidades de la vida y poder superar los límites que señala la propia condición humana.
Jesús nos ha enseñado a reconocer, cómo debemos relacionarnos unos con otros. No desde los exaltados egos, el afán acaparador, la soberbia autosuficiente, sino desde la actitud humilde, que acepta y reconoce, su Palabra y enseñanza provechosa, la cuál, nos dice: “Sin mí, no es posible ni podéis hacer nada”.
Acostumbrados a decidir, obrar por nuestra cuenta y riesgo, no dejamos obrar a Dios en nuestra vida, pensar que todo está sujeto a nuestro libre albedrío y decisión.
Equivocaciones, tropiezos, caídas… ¿Dónde poner la “alerta roja”, que abra nuestro corazón a la Verdad y la mirada a la realidad.
Jesús y su Evangelio, me han dado y enseñado las respuestas, en ese Ser y estár en la vida, en todo momento y realidad. Es a través de su Palabra y testimonio, como he aprendido a reconocer y superar los límites de la humana fragilidad, propia y ajena.
Sin duda, vivir el Evangelio, prepara nuestro corazón y la sensibilidad, al verdadero Discernimiento, que nos conduce con la Luz del Espíritu, por el Camino hacia la Conversión. Otra preferencia más en el Amor que nos dice: “Sin mí, no podéis hacer nada”. PUES CREER PARA VER Y OBRAR.





