Ecos del decreto cuarto
la música de la fe y la justicia
La opción fe-justicia —aquel grito profético de la Compañía de Jesús en la Congregación General 32— ha generado ondas expansivas que siguen resonando. Para recorrer su eco, podemos dejarnos guiar por una metáfora musical. Tres instrumentos, tres modos de vibración, tres claves para entender este camino espiritual y comprometido: el violín, el acordeón y el tambor. Cada uno, con su particular sonoridad, nos ayuda a escuchar lo que el Espíritu sigue diciendo hoy. Cada uno nos permite captar una faceta del binomio fe-justicia.
El violín. Como el violinista en el tejado —figura evocadora tanto en el cine como en las pinturas de Marc Chagall—, suspendido entre cielo y tierra, el binomio inseparable de fe y justicia equilibra esa tensión entre lo sagrado y lo profano, lo global y lo local. El violinista tiene un pie apuntando al cielo y el otro anclado en la tierra, desde donde eleva su música. Los pies en la tierra y el grito en el cielo. Así también es nuestra opción básica, “la lucha crucial de nuestro tiempo la lucha por la fe y la lucha por la justicia que esa misma fe exige” (CG32, D2, n.2): enraizada en la realidad herida y siempre abierta a la esperanza. El violín canta con belleza un compromiso que no es solo ético, sino profundamente evangélico. “Dicho brevemente: la misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta” (CG32, D4, n.2).
El acordeón ayuda a captar el ritmo de la historia reciente. Su movimiento de expansión y contracción evoca el proceso vivido en estas décadas, marcando el punto de inflexión que supuso el año 2000. Veinticinco años después del Decreto 4, la carta del P. Kolvenbach sobre el apostolado social distinguía con lucidez entre la dimensión social de toda nuestra misión y el sector social propiamente dicho. Y advertía con fuerza acerca del riesgo de que “por falta de un apostolado social vigoroso y bien organizado, la dimensión social esencial se desvanecería poco a poco”. En España, las Jornadas Sociales de Alcalá de ese mismo año 2000 dieron pie a la organización del sector social que hoy conocemos, iluminando unas decisiones que se han mostrado fecundas. El acordeón se expande para llevar la dimensión social a todos los ámbitos, y se contrae para articular un sector específico, sólido y comprometido.
El tambor, presente en múltiples culturas, convoca al pueblo y marca el pulso de lo común. Su ritmo profundo conecta con la dimensión espiritual de la justicia. Nos recuerda —como se canta en Los Miserables: “When the beating of your heart echoes the beating of the drum…”— que la fe comprometida no es solo doctrina ni ideología, sino experiencia vivida que toca el corazón. Como decía la Congregación General 34: “Nuestra fe se ha hecho más pascual, más compasiva, más tierna, más evangélica en su sencillez” (CG34, D2, n.1). Hablar de fe-justicia es hablar de una espiritualidad encarnada, donde la mística y la acción no se contraponen, sino que se abrazan. Vamos aprendiendo a ser personas contemplativas en la acción por la justicia.
Quizá podamos añadir un cuarto instrumento: el sintetizador ese aparato que permite crear nuevas combinaciones. El sintetizador representa el desafío actual: articular una nueva síntesis entre fe y justicia que integre también la reconciliación con la creación, la hospitalidad intercultural y la compasión activa en un mundo fragmentado. Es tiempo de componer una música nueva, sin perder las notas del Evangelio. Como recuerda el papa Francisco: “Si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión […] Si deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer” (Fratelli Tutti, 277).
