Historias

El eco del decreto Fe-Justicia en el amanecer de la hospitalidad

Era septiembre de 2015 cuando las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio ahogado en las costas turcas, sacudieron las conciencias de medio mundo. Desde mi despacho como delegado del sector social de los jesuitas en España, veía cómo aquella fotografía se convertía en símbolo de una realidad que llevábamos años presenciando en nuestras obras: la mayor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial había llegado a las puertas de Europa.

                  Más de un millón de personas buscaron protección internacional en Europa ese año. Las cifras eran abrumadoras, pero detrás de cada número había rostros concretos, historias de dolor y esperanza que conocíamos de cerca en centros del SJM como Pueblos Unidos, donde había sido director el año anterior.

                  Recuerdo perfectamente las reuniones que mantuvimos en aquellos días. No era solo una cuestión de eficiencia organizativa o de recursos disponibles. Era algo más profundo lo que nos movía. En cada conversación, en cada decisión, resonaba el eco de aquella intuición ignaciana que la Congregación General 32 había formulado con tanta claridad cuarenta años antes: «… el servicio de la fe, del cual la promoción de la justicia es una exigencia absoluta».

                  Cuando diseñamos lo que luego sería hospitalidad.es, no partíamos de cero. Durante décadas, la Compañía había ido tejiendo una red de presencias en las fronteras: el Servicio Jesuita a Migrantes, Entreculturas, Alboan, Red Mimbre, las comunidades de inserción en barrios populares, parroquias, diversos colegios y universidades. Todo ese camino recorrido desde el decreto 4 de 1975 había preparado el terreno para ese momento. La opción preferencial por los pobres, que había llevado a tantos jesuitas a vivir en favelas y barriadas, encontraba ahora una nueva expresión en las comunidades de hospitalidad.

                  La decisión no fue improvisada. Surgió del discernimiento compartido en el sector social y en toda la provincia, pero también de la interpelación que nos llegaba desde las personas que acompañaban estas realidades. Era como si toda la provincia sintiera que ese momento exigía una respuesta a la altura de nuestra tradición apostólica.

                  El programa que pusimos en marcha tenía cuatro ejes: acogida directa, cooperación internacional, sensibilización e incidencia pública. Pero lo que le daba alma era algo que va más allá de la eficacia técnica. Era la convicción de que «la hospitalidad es la expresión cristiana de la acogida del Otro». No se trataba solo de dar respuesta a una emergencia, sino de visibilizar una manera distinta de entender la convivencia humana. Hasta comenzamos a caminar juntos a través de «Caminos de Hospitalidad».

                  Vivir en una comunidad de hospitalidad en Madrid, compartiendo casa con jóvenes migrantes y refugiados, me enseñó algo que ningún documento podía transmitir. La fe-justicia no es solo una consigna o un programa apostólico; es una forma de vida que transforma tanto al que acoge como al acogido. Cuando compartes mesa, preocupaciones y esperanzas con quien ha tenido que dejarlo todo atrás, experimentas en carne propia lo que significa que «la promoción de la justicia es una exigencia absoluta» de la fe.

                  Las dificultades no tardaron en aparecer. Los recursos eran limitados; los procesos burocráticos, eternos; las resistencias sociales, evidentes. Pero cada obstáculo nos recordaba por qué estábamos ahí. No era solo una cuestión de gestionar mejor la acogida, sino de ser signo de otra manera de relacionarnos con el sufrimiento del mundo.

                  Diez años después, el programa hospitalidad.es ha acompañado a cientos de personas migrantes y ha generado una red de comunidades de hospitalidad que se extiende por toda España, y también por Europa y el mundo. Más importante aún: ha revitalizado comunidades jesuitas y ha movilizado a familias, parroquias y movimientos laicales, llegando hasta el mismo GIAN Migration e impulsando lo que podríamos llamar una «cultura de la hospitalidad».

                  Cuando miro hacia atrás desde mi responsabilidad actual en JRS Europa, reconozco en aquella experiencia el eco profundo del decreto 4. No fue casualidad que aquella decisión surgiera desde el sector social, como otras iniciativas más actuales, entre las que está la respuesta a la emergencia en Ucrania. Durante décadas, la reflexión sobre la fe-justicia ha ido madurando, creando una sensibilidad apostólica que nos permite leer los signos de los tiempos y responder con audacia evangélica.

                  La fe-justicia no es una idea abstracta. Se hace operativa en decisiones concretas, en opciones que comprometen a personas y recursos, en la valentía de abrir puertas cuando otros las cierran. Hospitalidad.es fue una de esas decisiones que, sin saberlo del todo en aquel momento, actualizaba para nuestro tiempo la intuición más honda de la experiencia ignaciana: que no hay anuncio creíble del Evangelio sin compromiso real con los crucificados de la historia.

                  Al cabo de los años, puedo decir que aquel programa no solo cambió la vida de quienes fueron acogidos. Transformó también a la Compañía de Jesús en España, recordándonos que seguir a Jesús hoy significa caminar junto a quien busca refugio, un hogar, haciendo de la hospitalidad no solo un programa sino una forma de ser Iglesia en el mundo contemporáneo.

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