No sabría decir cuándo empezó todo. Quizá porque, cuando intento nombrar una experiencia concreta, me doy cuenta de que estaba ya allí desde el principio, como un hilo que no se rompe. En el colegio, siendo todavía alumno de EGB, coincidió con aquel momento en que la Compañía empezó a decir con claridad que la fe no se entendía sin la justicia. Aquello no lo formulábamos así, pero se vivía: grupos de fe y, al mismo tiempo, invitaciones a salir, a tocar la realidad.
Recuerdo un verano con 17 años, en un campo de trabajo con ancianos. Algunos veían el mar por primera vez. Yo también acompañaba algo que no sabía nombrar entonces: la fragilidad, la pobreza, la vida cuando se va haciendo más pequeña. No fue un momento aislado. Después vinieron otros.
Las noches en el Teléfono de la Esperanza, con poco más de 20 años, escuchando dolores que no tenían rostro. Me sorprende ahora pensar que era tan joven para sostener aquello. Pero algo ahí se fue decidiendo: una forma de estar, de no apartarme.
Luego llegaron más nombres y más lugares, ya siendo jesuita: personas con discapacidad en Alicante, el barrio del Raval, rostros en América Latina —Venezuela, Colombia, Chile— marcados por la violencia, celebraciones de la fe en lugares donde la vida era más dura. Y, más tarde, la hospitalidad compartida en Uretamendi, donde la vulnerabilidad tenía acento extranjero y también nombre propio.
No hay una experiencia que lo explique todo. Más bien una acumulación que ha ido haciendo poso. Como si la fe hubiera ido tomando cuerpo en cada encuentro, y la justicia dejara de ser una idea para convertirse en una forma de mirar y de situarme.
Al final, lo que queda no es tanto lo que hice, sino desde dónde me he ido colocando. O, quizá más hondamente, hacia dónde he ido siendo enviado.

Un hilo que no se rompe
No sabría decir cuándo empezó todo. Quizá porque, cuando intento nombrar una experiencia concreta, me doy cuenta de...




